¡Pareciera que hay una vena náutica queriendo insinuarse (y a estas alturas…) en mi vida! Sin darme ni cuenta, mientras he estado dedicado a retardar la llegada a puerto de mi barco de Delos (haz click para ver mi ensayo anterior), de súbito me he hallado navegando en otra nave emblemática en la historia del repensamiento occidental: el barco de Galileo. Me explico:
Mañana estival en Santiago de Chile. Como debo realizarme radioterapia durante todo el verano, en vez de hallarme a orillas del mar me hallo tumbado en una camilla de alta tecnología en los sótanos del Centro del Cáncer de la Universidad Católica. Veo bajar hacia mi vientre la cabeza irradiante del acelerador lineal, pero en realidad soy yo quien sube hacia ella, alzado imperceptiblemente por la camilla robótica. En la penumbra que nos aísla a la máquina y a mí del entorno circundante, la ilusión es tan fuerte que sólo me he enterado que soy yo quién se mueve y no la máquina, por boca del técnico que la manipula. Cada mañana, cuando presencio a la máquina «aproximándoseme», intento inútilmente ajustar mi percepción a la realidad. Nunca consigo verla inmóvil, ni percibirme a mí mismo en movimiento. Me es imposible escapar de la ilusión. Así de difícil, supongo, es cumplir toda ambición de deshacerse de ilusiones y capturar para sí la realidad; partiendo por este ambicioso proyecto mío de volver a pensar y desaprender.
Finalmente la máquina «se detiene» sobre mi bajo vientre, y luego comienza a moverse – de verdad esta vez – orbitando a mi alrededor mientras zumban las descargas de iones radiactivos. Rezumando zozobra (no es grato estar allí), tal como hago en mi microensayo anterior mientras se esfuman las volutas de humo de la artemisa, aquí también, mientras zumban los enjambres de iones, para atenuar la zozobra, pienso…
El procedimiento que realiza la máquina lleva la sigla IMRT, consonantes que a mis oídos vienen a nuevamente a evocar el nombre de la diosa griega de la caza: «Artemisa» (de sus consonantes sólo falta la «S»). La misma evocación de mi ensayo anterior, además corroborada de manera bien singular por el procedimiento que más arriba describo, donde la conducta de esta cabeza irradiante de la medicina del siglo 21 parece calcada de la conducta de la punta de flecha incendiaria del procedimiento medicinal chino. Dos tecnologías separadas por miles de años, atadas simbólicamente entre sí por una analogía recíprocamente perfecta: ambas me disparan al vientre invisibles dardos candentes que van infiltrando mis vísceras en busca de erradicar la enfermedad.
Está muy buena y preñada la evocación, e igual hubiera querido quedarme un ratito más todavía siguiendo el inaugural hilo socrático, antes de abrir un nuevo derrotero sobre el desaprender. Pero la máquina y su cabeza aparentemente acercándoseme han atraído mis cavilaciones hacia otra parte. Es que mis pensamientos son pingos indóciles, inexpertamente domados; nunca he dominado el arte de someterlos a rutas fijas ni a trotes rectilíneos. Jinete sin maña ni autoridad, no he sabido más que abandonarme a los rumbos que ellos me escojan; de ahí que siempre haya tendido a pensar en meandros y derroteros inciertos. Ahora también mis díscolas cabalgaduras tuercen las riendas para largarse a pensar a campo traviesa.
Mi nula capacidad de corregir la impresión de mis sentidos, añadida al hecho de encontrarme en los sótanos de una ilustre institución Católica, que más encima – impermeable al anacronismo – sigue en pleno siglo 21 aludiendo a sí misma en latín: «Red de Salud Christus«, todo aquello ha retrotraído mis pensamientos a Galileo Galilei y su épica discordia con esta misma Iglesia cuya máquina irradiante, al comienzo de cada sesión, simula moverse hacia mí en una puesta en escena tan perfecta como el eterno giro diurno del Sol.
«¡Y sin embargo me muevo!» me enrostro a mí mismo cada mañana en mi camilla, intentando exorcizar el porfiado espejismo con las famosas últimas palabras que Galileo, desde su lecho de muerte, le enrostrara a la autoridad eclesiástica que lo había forzado a retractarse de su defensa del heliocentrismo copernicano («¡Y sin embargo se mueve!»). Y cada mañana, mientras me horadan las descargas radiactivas, repaso un famoso experimento mental del sabio de Pisa, dirigido a explicar a sus detractores por qué, si es la Tierra la que se mueve, en intricados movimientos (rotaciones y traslaciones) y a enormes velocidades, ni nosotros ni ningún otro objeto sobre ella sentimos el más mínimo efecto. ¿Cómo podemos mantenernos en pie, si el suelo debajo nuestro se desplaza decenas de veces más veloz que un caballo al galope, o que un halcón en picada? ¿Cómo pueden los pájaros jamás volver a sus nidos? ¿Cómo las nubes no se quedan atrás, ni las piedras ruedan hacia el oeste mientras la Tierra rota vertiginosa hacia el este?
En su libro Diálogo acerca de los dos sistemas cosmológicos (1632) Galileo confronta esas objeciones mediante un experimento mental conocido como «El barco de Galileo». Nos pide imaginar que con un grupo de amigos estamos, en un día de mar en calma, encerrados bajo cubierta en un barco que se está moviendo de manera rectilínea y uniforme, sin acelerar, ni frenar, ni virar ni darnos zarandeo ninguno. Y estamos acompañados de pelotas, moscas, mariposas, vasijas de agua y peces en una pecera, en suma una miniatura del mundo normal. Luego explica que en tal situación no podremos nunca liberarnos de la sensación de estar en reposo, pues ni por nuestra propia experiencia, ni por la de nuestros acompañantes, ni por la conducta de las pelotas si jugamos con ellas, ni por el revolotear de los insectos ni por el nadar de los peces, tendremos manera ninguna de determinar que el barco está en movimiento. Es más, explica Galileo, no hay experimento ninguno que podamos hacer dentro del barco que pueda ayudarnos a determinarlo. La única manera es salirse del barco y mirarlo de afuera.
La inferencia es que lo mismo nos pasa mientras navegamos por el cosmos en este «barco» llamado Tierra: no podemos, por más que tratemos, dejar de sentirnos en reposo; pero en realidad nos movemos.2 Para leer la versión completa del experimento mental «El barco de Galileo» haz click aquí La explicación científica es que mientras estamos dentro de la embarcación, nosotros, con todo lo que nos acompaña, estamos metidos en un mismo «sistema inercial» que nos somete a un mismo principio de inercia a todos por igual: vamos moviéndonos juntos y por eso sentimos al barco, nos sentimos a nosotros mismos y sentimos a todo lo que nos rodea, en reposo.
Desde mi camilla pienso cada mañana en ese principio de inercia mecánico… Me asombra cómo lleva aparejado un principio de inercia de la percepción, o de la conciencia; una inercia psicológica que instiga un insidioso principio de inercia mental que nos impide pensar como si estuviéramos fuera del barco. Y si esa inercia mental, que ya de por sí es ultra poderosa, es sostenida como un dogma por una Iglesia y por todo un «establishment», bien pocas son las chances de pensar «fuera del barco»…
Dentro del barco no hay experimento ninguno que te pueda ayudar a romper la ilusión. Si no puedes salirte del barco, la ilusión sólo es fracturable por el pensamiento. El único experimento posible es un experimento mental. Es cuestión (¡nada fácil!) de zafarse de los datos de los sentidos, resistir las colosales presiones de eso que estoy llamando inercias psicológica y mental, y disponerse, contra viento y marea, a pensar lo impensado, lo hasta entonces impensable. Esa es la desaprendedora lección para mí de El barco de Galileo, en el que he vuelto a embarcarme cada mañana de este verano en los sótanos de la Red de Salud Christus.

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